El debate mantenido en Europa sobre la reforma de la PAC nos ofrece la oportunidad de examinar el futuro de la agricultura en los países vecinos del sur y este del Mar Mediterráneo (PSEM). Desestabilizados por la crisis alimentaria de 2008 y la primavera árabe de 2011, esta zona – llamada el “granero de Roma” en la antigüedad – se enfrenta a importantes carencias en términos de seguridad alimentaria, agravada ahora por un contexto de híper-volatilidad de los precios.

Asegurar el suministro de alimentos es tanto más frágil desde que los PSEM son cada vez más dependientes de los mercados exteriores. Desde los años setenta, las naciones han aumentado las importaciones de cereales de la Unión Europea e incluso de los Estados Unidos. Mientras la zona cubre sus necesidades de fruta, verduras y parcialmente de carne, la región del Norte de África tuvo que importar unos 18 millones de toneladas de trigo en 2011. Túnez en la actualidad importa el 80 por ciento de sus necesidades de trigo blando, y el 20 por ciento de trigo duro.

Además y a pesar del hecho de que la Agricultura es uno de los pilares claves de las economías mediterráneas y de la que viven el 25 por ciento de la población de la zona, la agricultura sigue debilitada por factores estructurales: falta de productividad de la tierra y sequías crónicas, una significativa presión demográfica, escasez de suministros a nivel local frente a una explosión de la demanda, y unas envejecidas infraestructuras.

Es estructuralmente muy tirante el margen de maniobra de los PSEM en el contexto de la híper-volatilidad de los precios, la inestabilidad política y una latente crisis social y económica (como la presión inflacionista y un desempleo endémico)

Las iniciativas políticas locales – algunas de ellas pro-activas – para la agricultura son medidas esencialmente para apoyar a los pequeños agricultores o para rehabilitar las infraestructuras agrícolas. Quienes toman las decisiones comienzan a ser conscientes de los retos estratégicos de la agricultura en el contexto económico, político y social, especialmente después de las revoluciones árabes.

A nivel global, la lucha contra la volatilidad de los precios y la inseguridad alimentaria están en el centro de las preocupaciones en todo el mundo. Cada nación intenta encontrar su propia estrategia agrícola. Tanto la reforma de la PAC en la Unión Europea o la Farm Bill en los Estados Unidos, o incluso las prácticas de prohibición a las exportación de Rusia, nos indican la dificultad para adoptar efectivas políticas agrícolas regionales. Además, la falta de convergencia de estas políticas para adoptar un sistema de gobernanza agrícola mundial está seriamente sometiendo a las zonas vulnerables y menos estructuradas, como son  los PSEM, a bruscos cambios en los precios agrícolas o nuevos máximos en los precios de los alimentos.

En esta atmosfera, si se quiere planear un desarrollo de la producción agrícola local a largo plazo y una progresiva independencia agrícola en los PSEM, es indispensable implantar un nuevo sistema de gobernanza agrícola, basado en la cooperación y solidaridad regional, y coordinado a nivel internacional. Un sistema de gobernanza agrícola mundial claro y transparente que regule los mercados agrícolas, capaz de desarrollar la agricultura del mañana y asegurar la seguridad alimentaria para los nueve mil millones de habitantes que seremos en 2050. Porque, como José Da Silva señaló el 8 de noviembre en una nota de prensa de la FAO, “las sequías y las inundaciones no son la causa de las crisis, sino la falta de gobernanza.

TRADUCCIÓN DE ASAJA